18.07.2017
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El embajador volador
Por Hernán Sarquis
Ante la menor provocación, el emperador subía a su avión para escapar por unas semanas de la realidad.

En su extraordinaria crónica de los últimos años del emperador etíope Haile Selassie, Ryszard Kapuściński, quizás el periodista más influyente del siglo XX, recuenta cómo el otrora poderoso emperador, ahogado en los problemas domésticos y la inestabilidad típica de un régimen totalitario en el ocaso, pasaba varios meses al año haciendo visitas de Estado en el extranjero.

"Su infatigable majestad", recuerda uno de los asistentes del emperador en el libro, "viajó más y más al paso de los años, inspeccionando, visitando los países más distantes, perdiéndose en estas peregrinaciones a tal grado que los periodistas maliciosos de la prensa extranjera lo llamaron el embajador volador de su país y preguntaron cuándo planeaba visitar su propio imperio".

Ante la menor provocación, el emperador subía a su avión acompañado de un centenar de cortesanos y funcionarios con responsabilidades tales como sostener el monedero imperial, para escapar por unas semanas de la realidad. En Brasil, Selassie y su séquito se consentían en los banquetes y recibían los regalos de sus anfitriones, sin pensar en los problemas que se cocinaban de vuelta en casa.

Donald Trump parece entender el sentimiento. Después de una gira de nueve días en la que visitó, entre otros países, Arabia Saudita, donde fue tratado como emperador reinante, el presidente hizo otro viaje de cinco días para asistir a la cumbre del G-20 en Alemania. A su paso por Polonia, Trump fue recibido más como un general conquistador, agasajado con un público de miles de polacos que gritaban U-S-A al unísono, con mejor coordinación incluso que la que veía en sus eventos de campaña por el midwest norteamericano.

En Francia, del brazo de su nuevo mejor amigo, le tocó presenciar lo que había soñado para su toma de posesión: un impactante desfile militar.  

Días después, Trump partió de nuevo, esta vez a Francia, a donde fue invitado por Emmanuel Macron para conmemorar un aniversario más del Día de la Bastilla; y también para conmemorar el aniversario 100 de la entrada de Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial.

Allá, del brazo de su nuevo mejor amigo, le tocó presenciar lo que había soñado para su toma de posesión: un espectacular desfile militar, con tanques y aviones y soldados uniformados marchando en perfecta sincronía.

Trump asistió encantado. Si algo es el presidente 45 de Estados Unidos es transparente. Basta ver sus tuits desde París para darse cuenta de que -como los saudíes antes que él- Macron ya había descubierto el punto suave del mandatario. A Trump no hay que confrontarlo ni entrar en una guerra de declaraciones y apretones de manos eternos. Basta con pasearlo, honrarlo y apapacharlo para que muestre su mejor rostro.

"Grandes conversaciones con el presidente Emmanuel Macron y sus representantes en comercio, militar y seguridad".

De regreso a casa, si bien no le esperaban militares rebeldes como a Selassie, a Trump le aguardaba el escándalo Rusia que se negaba a morir. El día de su partida a Francia en lo que fue poco más que una mini vacación de 30 horas, el New York Times reveló la reunión secreta entre Donald Trump Jr. y diversos personajes ligados al Kremlin donde supuestamente recibirían información dañina para Hillary Clinton.

Esta semana, mientras el incendio de Rusia continúa, la propuesta de ley de salud impulsada por el presidente se desplomó en el Senado. A pesar de que su partido controla ambas cámaras, en seis meses no han podido pasar una sola pieza significativa de legislación. Ante una prensa que él interpreta como hostil, y un pueblo que -en su mayoría-reprueba su desempeño, no es de sorprender que al presidente le lluevan compromisos en el extranjero.

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